viernes, octubre 02, 2015

MADRE NATURALEZA



Dije en mi primer artículo de este blog que aquí hablaría de belleza. Y qué más bello que la naturaleza, en todas sus manifestaciones. Por eso hoy quiero hablar de eso, de naturaleza. Y es que esta tarde he disfrutado como un enano (siempre me he preguntado cómo disfrutan realmente los enanos) dando un paseo de algo más de dos horas por el Pardo. 

Iba preparado con mi cámara, pues sé que por estas fechas los gamos se suelen acercar a buscar comida entre los árboles próximos a la valla que delimita el territorio prohibido a los humanos (el llamado Coto nº 1) y el sí permitido. Lástima que, a pesar de ser una buena cámara, el objetivo que tengo es más bien mediocre. Lástima, porque el espectáculo que he presenciado era digno de ser bien fotografiado. He hecho fotos, sí, pero no de la calidad que a mí me hubiera gustado.

 


En cualquier caso, e independientemente de las fotos que haya podido hacer, buenas o malas, mejores o peores, he disfrutado de dos horas maravillosas, contemplando a los numerosos gamos que pastaban, como decía, cerca de la valla. Eso, al poco rato de comenzar mi paseo. Pero lo mejor ha venido más tarde, cuando he comenzado a escuchar el característico sonido que emiten los machos tratando de cortejar a las hembras. No se trataba aún del bramido de la época de berrea, un sonido similar al mugido de una vaca pero mucho más potente, y, a menudo, seguido del golpeo de unas astas con otras. La berrea es época de celo, época de conquista, época de peleas furibundas para ganarse el favor de las hembras. 

Pero no, hoy no había peleas, ni había bramidos. El sonido que emitían los machos, como digo, era diferente. Al principio, pues no lo había oído nunca, lo confundí con el que hacen los jabalís al hozar en la tierra. Una especie de sonido gutural, semejante a un eructo pero más profundo y más grave. Sin embargo, al seguir el rastro de dicho sonido, pude ver que se trataba de un gamo tratando de llamar la atención de la hembra. El espectáculo era delicioso. Un viejo macho, enorme, con unas astas gigantescas, trataba de cortejar a una hembra que, literalmente, no le hacía ni caso. Salvo algunas veces, que se dirigía hacia él emitiendo un sonido similar al chillido de algunas aves, como diciendo, "déjame en paz, pesado".










Sin embargo, el macho no desistía, se movía con ella, la seguía a donde ella iba, siempre emitiendo ese sonido tan característico. Sólo una vez se despistó, momento en el que otro macho aprovechó para acercarse a explorar el terreno. Pero en cuanto el viejo macho se percató corrió a defender su territorio, y el macho joven, sin ofrecer resistencia alguna, se marchó de allí para evitar males mayores.

Un buen rato estuve allí, siguiendo las evoluciones del cortejo, sin que la hembra cediera ni un ápice, y sin que el macho desistiera en sus intentos de conquista. Muchas más hembras había alrededor, pero él sólo quería a aquella. Y estoy seguro de que, antes o después, acabará logrando su objetivo. El año que viene por estas fechas pasearé de nuevo por el mismo sitio que hoy, y algunos de los gamos jóvenes que me encuentre serán fruto de la paciencia y la constancia de este macho viejo que hoy he tenido la fortuna de conocer.

Tras un rato, media hora o así, decidí continuar mi camino. Había visto ya muchos gamos, y, casi al principio de mi paseo, un jabalí, que al ver a Zarko, mi perro, salió despavorido. Ningún jabalí más había aparecido, hasta que de pronto, al doblar una curva del camino, me encontré con una familia de numerosos ejemplares y diversos tamaños. Había uno especialmente grande, debía de ser un macho adulto, una especie de jefe del clan. Y luego había otros de tamaño medio, quizá hembras, pues muy cerca de ellas transitaban algunos ejemplares jóvenes, aún con colores parduscos, transición entre el pelaje de los rayones (ejemplares a mitad entre jabato y adulto, adolescentes, podríamos decir, estableciendo una comparación con las edades humanas) y el grisáceo de los adultos. Como había hecho antes con los gamos, disfruté de lo lindo siguiendo las evoluciones de esta peculiar familia. Permanecían a unos veinte o treinta metros de la valla, y vigilando de vez en cuando mis movimientos. 








Hasta que de pronto, un ejemplar más bien joven bajó hasta la valla, buscando las bellotas de las encinas próximas. Entonces Zarko, al verle, corrió hasta él. Yo pensé que saldría corriendo, como había ocurrido con el que encontramos al principio de la tarde. Pero no fue así. El jabalí, al ver a mi perro, levantó la cabeza del suelo, y le esperó. Cuando se juntaron, con la valla de por medio, se olisquearon, se reconocieron, se saludaron, y continuaron cada uno su camino. El jabalí a lo suyo, que era buscar comida, y Zarko a su palo, que es lo que más le gusta en el mundo si no contamos la comida.



También vi un galápago tomando el sol sobre un tronco en mitad del río, y muchas aves (entre ellas unos cuantos ánades reales y algún Pico Picapinos o pájaro carpintero), pero no les presté mucha atención. En la tarde de hoy, los mamíferos captaron toda mi atención. Las dos horas se me pasaron en un suspiro...


2 comentarios:

Elisa dijo...

Qué maravilla de paseo Alejandro!
He flipado con ése jabalí curioso y ese perro tuyo tan osado. Me imagino que esos jabalíes del Pardo no deben ser muy salvajes que digamos.
La berrea es un auténtico espectáculo y cuando ves y escuchas a dos machos pelear con sus cuernas en monte cerrado tiemblas del ruidaco que hacen. Una auténtica maravilla de la naturaleza!

Alejandro Rubio dijo...

Gracias por tu comentario, Elisa!